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Observo
desde hace algún tiempo que el Tantra parece estar “de moda”: “viva
la nueva sexualidad”, “el camino hacia el éxtasis a través del
Tantra” y otras frases similares inundan los medios de comunicación.
Pero ¿qué hay adentro de ellas?
La
energía sexual es la fuente y el motor de la vida. Experimentar la
sexualidad desde una perspectiva espiritual consiste en una forma distinta
de vivir, en un nivel de percepción más elevado. Es muy difícil vivir
ansiosos, apurados y pretender que el sexo sea sereno, consciente y pleno.
Podríamos comparar el sexo convencional y la experiencia espiritual con
la diferencia entre la comida rápida y una cena en un restaurante de alto
nivel.
Muchas
personas, a partir de cosas que se dicen sobre el Tantra, me manifestaron
interés en saber más del tema. Pero una de las cosas que más me llamó
la atención de los comentarios que recibí es que mucha gente piensa que
la sexualidad percibida desde la postura tántrica ¡no incluye la
penetración! ¡¡Esto no es cierto ni por asomo!!
Tampoco
es cierto que está “prohibida” la eyaculación o que no se siente
excitación o apasionamiento. Hay una idea equivocada sobre la sexualidad
tántrica. Intentemos despejar algunas dudas.
El
Tantra es, en realidad, una forma de vivir. Y, como en cualquier filosofía,
la sexualidad es una de sus áreas. Uno de sus conceptos básicos
consiste en percibir el mundo y a sí mism@, desde una conciencia plena,
desde el estar presente con el cuerpo, la mente y las emociones en cada
uno de los momentos de la vida.
El
Tantra es una filosofía milenaria, una forma de vida en la cual el placer
es tanto el fin como el medio. Podemos definirla como una disciplina
integradora orientada a la armonía espiritual a través del cuerpo.
Entre
otras cosas, el Tantra nos enseña sobre la integración entre lo femenino
y lo masculino, las formas arquetípicas de la sexualidad. La sexualidad,
por su parte, representa dos aspectos que reflejan nuestro contacto con el
mundo: es la energía básica, el motor que nos mueve y también la
posibilidad de trascendencia en dos sentidos: 1. la reproducción de la
especie (trascendemos la vida actual a través de la vida de nuestros
hijos) y 2. la posibilidad de trascender el propio cuerpo uniéndonos con
otro ser para alcanzar la unidad, el placer y la paz.
La
vida es pulsación. La sexualidad es nuestra forma de pulsar o de vibrar.
Si se conoce esa frecuencia, es más fácil elevar la calidad de esas
vibraciones para que los encuentros con nuestra pareja o con la vida en
general sean más intensos y placenteros.
El
orgasmo es la capacidad más intensa de vibración. La mayoría de las
personas queda atrapada en la sexualidad de sus genitales que, aunque
efectivamente son los órganos más capaces de concentrar la vibración,
requieren el entrenamiento y limpieza del resto del cuerpo para estar en
armonía, plenitud y plena potencia. En caso contrario, se cierran o se
quedan apresados en una forma de funcionar limitada (y aparecen las
disfunciones).
El
camino tántrico propone una forma de vida en la cual el placer es tanto
el fin como el medio. Es una experiencia vivencial que integra el cuerpo,
la palabra, las emociones, la conexión, con el objetivo de despertar los
sentidos hacia el placer, el erotismo, la sexualidad y la vitalidad plena. La
capacidad orgásmica se refleja en lo creativa y plena que es la propia
vida.
La
sexualidad tántrica
Experimentar
el sexo desde esta perspectiva es abrir la vivencia al presente: destapar
los poros y, sobre todo, apagar la cabeza. Despertar a los mensajes
del cuerpo a través de los sentidos, percibir las sensaciones dentro de
los límites de la piel. Disfrutar caricias, miradas, aromas, sin prisa ni
ansiedad, con la energía aquí y ahora; entregarse al contacto con otra
persona en un espacio donde predomina el amor, lo cual no significa que
esta coincidencia en el tiempo y el espacio tenga que ser eterna. No es
necesario, para tener un encuentro sexual amoroso, que ambas
personas sean respectivamente “el amor de su vida”; es posible
encontrarse, disfrutarse y trascender el momento a través del amor. Pero
hay que tomar en cuenta que uno de los componentes del amor es el
conocimiento, tanto de sí mismo/a como del otro y por eso suele
requerirse un tiempo de acoplamiento para lograr la armonía.
En
el encuentro sexual dos personas se escuchan cuidadosamente y con todo su
cuerpo a sí mismas y los mensajes del otro y sus personalidades se
diluyen en una vivencia de energía pura.
Hacer
el amor desde lo espiritual difiere de la forma habitual: no solamente
introduce a los amantes en un valle de placer muy profundo; además
empieza a circular (por los centros energéticos que se estimulan) una
corriente de energía que recorre el cuerpo y despierta sensaciones
vibrantes que permiten trascender la limitación de los cuerpos, propio y
ajeno y convierten a la pareja en una unidad, suspendida en un instante de
espacio-tiempo-energía.
La
energía masculina y femenina surgen e interactúan sutilmente, pero sobre
todo se rescatan valores que suelen asociarse con lo femenino, como la
ternura, la receptividad, el contacto emocional y el cuidado. Arquetípicamente,
el cuerpo se relaciona con lo femenino y la mente se asocia con lo
masculino. La experiencia tántrica (que no se reduce al ámbito sexual)
consiste en apropiarse plenamente del cuerpo y encontrarse, primero
consigo mismo/a y luego con la otra persona, desde el respirar, el fluir
en un ritmo cadencioso y armónico, donde no hay exigencias ni actividad
mental, sino placer y entrega a la vibración. La respiración consciente
es una de las claves de esta práctica. Respirar es vivir. El cuerpo
respira no solamente por la nariz sino a través de todos los poros.
En
el ritual sexual, los genitales son sólo uno de los puntos de contacto.
Esta estimulación recíproca enciende la llama primordial de la
kundalini, que surge en el periné (entre el ano y los genitales), sube en
espiral por la columna vertebral y despierta los centros de energía que
se encuentran en ella. Esta fuerte vibración, la excitación, invade en
oleadas todo el cuerpo y convierte el encuentro en una experiencia
consciente y de unión.
Una
de las características más publicitadas del sexo tántrico es la
postergación de la eyaculación masculina para profundizar el tiempo y
las sensaciones de placer. No se trata de una exigencia ni de evitar el
orgasmo del varón. Todo lo contrario. Esta propuesta tiene dos objetivos
fundamentales: 1º, prolongar la erección para que las sensaciones y la
vibración se hagan cada vez más profundas y expansivas. 2º, permitir un
encuentro más largo que facilite la excitación y el orgasmo femeninos.
Para
esto, es clave que el varón esté muy relajado y consciente de sus
sensaciones para reducir la intensidad de los movimientos (a veces hasta
la detención total por unos instantes) en el momento de la sensación de
inevitabilidad que precede al orgasmo. Esta práctica conducirá
paulatinamente a un aumento de la sensibilidad y el placer que acompañan
al clímax. Para la mujer, el abandonarse al movimiento rítmico y fluido,
que no se corta porque su compañero “termina”, inunda cada milímetro
del cuerpo y genera orgasmos cada vez más intensos.
El
cuidado, el respeto, la comunicación, el conocimiento del cuerpo y las
necesidades del/la compañero/a irán construyendo una burbuja de comunión
entre los amantes que transforma el encuentro sexual en una experiencia
deliciosa y plena, que trasciende una mera gimnasia donde un par de
genitales ejercitan sus músculos. |