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La rutina, ¿arma de doble filo? 

Las características positivas y negativas de la rutina, para qué sirve y cómo contrarrestar sus aspectos destructivos.

Lic. Verónica Kenigstein

El diccionario de la Real Academia Española define así la palabra: Rutina: (del fr. routine, de route, ruta). 1. f. Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas. 2. f. Inform. Secuencia invariable de instrucciones que forma parte de un programa y se puede utilizar repetidamente.

Esto ha implicado que desde siempre la rutina tenga muy mala prensa. Suele asociarse la palabra y todo lo que la rodea solamente con los aspectos negativos. Sin embargo, como muchas otras partes de nuestra vida, tiene aspectos tanto negativos (ampliamente conocidos) como positivos. El Dr. Adrián Kertész, médico psiquiatra, especialista en trabajo con parejas y creador de la Psicoterapia Epigenética, dice: “esto que propongo es completamente distinto del punto de vista que habitualmente suelen ofrecer los profesionales en los artículos de difusión sobre este tema. La rutina tiene también un aspecto que se relaciona con la estabilidad, una cualidad muy necesaria en la conformación de una vida saludable.

Una de las necesidades básicas del ser humano es la seguridad. Si eternamente viviéramos en situaciones inestables, nuestra salud mental se deterioraría a pasos agigantados, sería humanamente insostenible. En un gimnasio, para trabajar un determinado aspecto corporal, se trabaja una rutina; lo mismo ocurre a un actor en un escenario cuando debe repetir noche tras noche el mismo parlamento, lo cual no implica que esto esté exento de creatividad ni de disfrute, al contrario, el desafío es encontrarle cada vez un tinte novedoso. El hecho de lavarse los dientes, de bañarse, de desayunar, representan hábitos saludables que favorecen la convivencia. La diferencia estriba en hacerlo con conciencia y no como hábito inconsciente y mecánico”.

El problema fundamental que comporta la rutina es que suele postergar la creatividad, la capacidad de asombro, la sorpresa, esa sensación particular que tiene que ver con el goce y que se relaciona con la trasgresión, precisamente porque al ser un acto repetido, la persona lo automatiza y así pierde la posibilidad de recrearlo cada vez, transitándolo desde un lugar de disfrute y presencia (palabra que significa literalmente ‘estar presente’, actitud indispensable para vivir el placer). “Por eso -continúa Kertész-, cuando hablamos de romper la rutina no queremos decir ‘romper la vida’. Quien quiere romper la rutina quiere respirar algo nuevo y recuperar una desvaída relación con el goce, el misterio y todo lo que genera una sana intensidad. Es decir, en este contexto, romper con la rutina significa gozar”.

Mucha gente usa la “o” en lugar de la “y” como conjunción entre frases, entre situaciones de su vida. Es como si hacer algo de manera sistemática negara la posibilidad también de disfrutarlo. Cuando un acto, cualquiera, se ejecuta desde una intención inconsciente, automatizada, se pierde relación con el acto en sí mismo y además, con las consecuencias de lo que se hace.

El profesional asegura, categórico: “Soy un firme defensor de la rutina, un generador de la creatividad y su paradoja, es decir, de hacer cosas paradójicas. Hay recursos baratos, a la mano, que no requieren mucho dinero ni mucho esfuerzo, que sirven para romper la rutina, mucho más efectivos, a veces, por ejemplo que programar un viaje sorpresivo. ¿Por qué? Porque uno se lleva al viaje los mismos viejos hábitos: la misma obsesión por el orden, las dificultades en liberar el erotismo y la creatividad, que no cambian en nada, el impedimento de permitirse llevar a cabo sanamente las fantasías. Es decir, muchas personas no se permiten arriesgar inteligentemente. Lo peor es que piensan que están rompiendo la rutina, gastaron plata en otro lado, pero se llevan los mismos problemas al otro lugar. Si no se producen cambios internos, la persona se queda atrapada. No es necesario cambiar afuera”.

El cambio revolucionario en la propia vida más que romperla, en el sentido de un quiebre, sería cambiarla en su propio lugar. La salida de la rutina, en este contexto, entonces, tiene que ver con atreverse a cambiar por dentro. “Mucha gente le tiene miedo a los cambios internos o no los valora, pero en realidad son los únicos que pueden contribuir a satisfacer aquellas necesidades más profundas que son las que quedan insatisfechas cuando entramos en una rutina destructiva”, sostiene el psiquiatra.

“El viaje más apasionante es el desafío de crecer, el misterio de vivir y ser el mismo... y eso incluye de vez en cuando tirarse una cañita al aire (y que cada uno interprete esto según sus propios valores). Pero ojo, advierte Kertész, no estoy haciendo apología de la trasgresión. Esto puede significar, por ejemplo, si estoy haciendo una dieta muy estricta, comerme un helado (uno, chiquito, delicioso, no un kilo), hacer un curso de alguna cosa que siempre quise aprender y hasta ahora no me había atrevido, empezar a hacer meditación, aprender algo nuevo, hacer algo que siempre hago, de una manera distinta. Cada persona puede encontrar internamente una punta, una necesidad profunda que satisfacer a través de una diferencia en la forma de encarar su vida”, declara.

Cuando una acción, por ejemplo en un vínculo de pareja, se repite una y otra vez, se va formando como un surco, del cual si la persona no reflexiona y se corre, es luego difícil salir. En el ámbito de la pareja, por ejemplo, por qué no considerar que es mejor compensar la propia insatisfacción cambiando algunas cosas con la persona con la que estoy, usando la creatividad, en lugar de intentar compensar con otro algo que sin darme cuenta volverá a repetirse (y así se crea el círculo vicioso). “Si yo mismo no sé crear, me termino aburriendo de lo que creé. Entonces el mecanismo que suele producirse en las parejas es que me busco (afuera) a alguien o algo para compensar mi propio aburrimiento interno, pero el problema de base sigue estando y seguirá hasta que yo no pueda cambiar internamente mi forma de responder ante los estímulos” concluye el profesional.

Dos estrategias para cambiar la rutina

Kertész comenta que usa en el trabajo terapéutico dos estrategias:
Una consiste en transformar el miedo en desafío. Hay personas, por ejemplo, que construyen su vida alrededor de una fobia, de un miedo, de una ansiedad específica que les resulta sumamente limitante. Es posible desplegar, a partir de esto, un talento, la posibilidad de un perfil artístico hasta ahora no desarrollado. Es posible descubrir, a partir de una limitación, un maravilloso mundo nuevo (es lo que ocurre, por ejemplo, en la película Bailemos, donde el protagonista encuentra inesperadamente una nueva pasión –el baile– a partir de su propia búsqueda de sentido). Entonces se trata de descubrir: “qué me da miedo o qué necesito” y enfrentarlo, atravesarlo para el crecimiento, atreverse a ver qué tiene para enseñarme.
La segunda estrategia se trata de cambiar cantidad por intensidad. Mucha gente hace muchas cosas, como intento de vivir ‘a full’, sin darse cuenta de que es posible zambullirse a pleno en una actividad o relación y desarrollarla intensamente. Es interesante darse cuenta de que intensidad es, la mayoría de las veces, más satisfactoria que la cantidad.

Una visión distinta de un acto cotidiano

Un ejemplo sencillo: la ducha cotidiana. Se puede tomar el baño diario como una rutina, como algo que hacemos “porque hay que hacerlo”, “para sentirse limpio” o por costumbre. Pero es posible también hacerlo de modo diferente: percibir las sensaciones que tiene el cuerpo al contacto con el agua, darse cuenta de que se elige el agua tibia, caliente o fría, porque disfruta esa determinada temperatura. Quedarse un ratito más largo de lo habitual, simplemente dejando que el agua masajee el cuerpo, con los ojos cerrados. Se puede disfrutar el contacto de la mano o la esponja enjabonada y percibir si el jabón o el shampoo que se usa es perfumado. Darse cuenta de que éste es un momento perfecto de intimidad, para sentirse consigo mismo/a, que ese calor o fresco que se siente le dan plenitud al cuerpo. Es posible imaginar cómo este baño limpia profundamente de cualquier sentimiento extraño o poco agradable que haya podido quedarse pegado. Se puede visualizar cómo uno va quedando completamente limpio/a y abierto/a, relajado y disfrutando de esta experiencia.

Hay una enorme diferencia que hay entre una experiencia “normal, automática” y una donde cada uno de los poros está abierto a disfrutar la situación. Muchas experiencias vitales cotidianas pueden ser convertidas en experiencias placenteras. Lo único que necesario es abrirse al darse cuenta de lo que se está haciendo.

Fuente: Ciudad Internet. http://www.ciudad.com.ar/ar/AR_Nota_2005/0,3813,3051,00.asp

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