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El
diccionario de la Real Academia Española define así la palabra: Rutina:
(del fr. routine, de route, ruta). 1. f. Costumbre inveterada, hábito
adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas. 2. f.
Inform. Secuencia invariable de instrucciones que forma parte de un programa
y se puede utilizar repetidamente.
Esto
ha implicado que desde siempre la rutina tenga muy mala prensa. Suele
asociarse la palabra y todo lo que la rodea solamente con los aspectos
negativos. Sin embargo, como muchas otras partes de nuestra vida, tiene
aspectos tanto negativos (ampliamente conocidos) como positivos. El Dr. Adrián
Kertész, médico psiquiatra, especialista en trabajo con parejas y creador
de la Psicoterapia Epigenética, dice: “esto que propongo es completamente
distinto del punto de vista que habitualmente suelen ofrecer los
profesionales en los artículos de difusión sobre este tema. La rutina
tiene también un aspecto que se relaciona con la estabilidad, una cualidad
muy necesaria en la conformación de una vida saludable.
Una
de las necesidades básicas del ser humano es la seguridad. Si eternamente
viviéramos en situaciones inestables, nuestra salud mental se deterioraría
a pasos agigantados, sería humanamente insostenible. En un gimnasio, para
trabajar un determinado aspecto corporal, se trabaja una rutina; lo mismo
ocurre a un actor en un escenario cuando debe repetir noche tras noche el
mismo parlamento, lo cual no implica que esto esté exento de creatividad ni
de disfrute, al contrario, el desafío es encontrarle cada vez un tinte
novedoso. El hecho de lavarse los dientes, de bañarse, de desayunar,
representan hábitos saludables que favorecen la convivencia. La diferencia
estriba en hacerlo con conciencia y no como hábito inconsciente y mecánico”.
El
problema fundamental que comporta la rutina es que suele postergar la
creatividad, la capacidad de asombro, la sorpresa, esa sensación particular
que tiene que ver con el goce y que se relaciona con la trasgresión,
precisamente porque al ser un acto repetido, la persona lo automatiza y así
pierde la posibilidad de recrearlo cada vez, transitándolo desde un lugar
de disfrute y presencia (palabra que significa literalmente ‘estar
presente’, actitud indispensable para vivir el placer). “Por eso -continúa
Kertész-, cuando hablamos de romper la rutina no queremos decir ‘romper
la vida’. Quien quiere romper la rutina quiere respirar algo nuevo y
recuperar una desvaída relación con el goce, el misterio y todo lo que
genera una sana intensidad. Es decir, en este contexto, romper con la rutina
significa gozar”.
Mucha
gente usa la “o” en lugar de la “y” como conjunción entre frases,
entre situaciones de su vida. Es como si hacer algo de manera sistemática
negara la posibilidad también de disfrutarlo. Cuando un acto, cualquiera,
se ejecuta desde una intención inconsciente, automatizada, se pierde relación
con el acto en sí mismo y además, con las consecuencias de lo que se hace.
El
profesional asegura, categórico: “Soy un firme defensor de la rutina, un
generador de la creatividad y su
paradoja, es decir, de hacer cosas paradójicas. Hay recursos baratos, a la
mano, que no requieren mucho dinero ni mucho esfuerzo, que sirven para
romper la rutina, mucho más efectivos, a veces, por ejemplo que programar
un viaje sorpresivo. ¿Por qué? Porque uno se lleva al viaje los mismos
viejos hábitos: la misma obsesión por el orden, las dificultades en
liberar el erotismo y la creatividad, que no cambian en nada, el impedimento
de permitirse llevar a cabo sanamente las fantasías. Es decir, muchas
personas no se permiten arriesgar inteligentemente. Lo peor es que piensan
que están rompiendo la rutina, gastaron plata en otro lado, pero se llevan
los mismos problemas al otro lugar. Si no se producen cambios internos, la
persona se queda atrapada. No es necesario cambiar afuera”.
El
cambio revolucionario en la propia vida más que romperla, en el sentido de
un quiebre, sería cambiarla en su propio lugar. La salida de la rutina, en
este contexto, entonces, tiene que ver con atreverse a cambiar por dentro.
“Mucha gente le tiene miedo a los cambios internos o no los valora, pero
en realidad son los únicos que pueden contribuir a satisfacer aquellas
necesidades más profundas que son las que quedan insatisfechas cuando
entramos en una rutina destructiva”, sostiene el psiquiatra.
“El
viaje más apasionante es el desafío de crecer, el misterio de vivir y ser
el mismo... y eso incluye de vez en cuando tirarse una cañita al aire (y
que cada uno interprete esto según sus propios valores). Pero ojo, advierte
Kertész, no estoy haciendo apología de la trasgresión. Esto puede
significar, por ejemplo, si estoy haciendo una dieta muy estricta, comerme
un helado (uno, chiquito, delicioso, no un kilo), hacer un curso de alguna
cosa que siempre quise aprender y hasta ahora no me había atrevido, empezar
a hacer meditación, aprender algo nuevo, hacer algo que siempre hago, de
una manera distinta. Cada persona puede encontrar internamente una punta,
una necesidad profunda que satisfacer a través de una diferencia en la
forma de encarar su vida”, declara.
Cuando
una acción, por ejemplo en un vínculo de pareja, se repite una y otra vez,
se va formando como un surco, del cual si la persona no reflexiona y se
corre, es luego difícil salir. En el ámbito de la pareja, por ejemplo, por
qué no considerar que es mejor compensar la propia insatisfacción
cambiando algunas cosas con la persona con la que estoy, usando la
creatividad, en lugar de intentar compensar con otro algo que sin darme
cuenta volverá a repetirse (y así se crea el círculo vicioso). “Si yo
mismo no sé crear, me termino aburriendo de lo que creé. Entonces el
mecanismo que suele producirse en las parejas es que me busco (afuera) a
alguien o algo para compensar mi propio aburrimiento interno, pero el
problema de base sigue estando y seguirá hasta que yo no pueda cambiar
internamente mi forma de responder ante los estímulos” concluye el
profesional.
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