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Hace algunos años, el escritor británico Mark Simpson introdujo el término metrosexual, que sirvió para describir a un tipo de varón al que se atribuían algunas características tradicionalmente asociadas con lo femenino, como el cuidado de la imagen, y cierto contacto con su
emocionalidad.
El año pasado, la escritora española Rosetta Forner propuso una nueva definición: se trata del hombre metroemocional, que se diferencia del metrosexual, señala la autora, en que en lugar de centrarse en los atributos físicos y el cuidado del aspecto físico (preocupaciones externas y frívolas, dice) se hace cargo de sus sentimientos, su espiritualidad y se relaciona desde un espacio de solidez y no de vacío emocional.
La escritora, en su libro “En busca del hombre metroemocional”, analiza la gran inmadurez emocional que despliegan habitualmente tanto hombres como mujeres en sus interrelaciones. “Muchos hombres andan por el mundo buscando una mujer que les funcione como bastón para sostener su masculinidad, - dice Forner-. Y muchas mujeres también necesitan un hombre para sentirse queridas”. En lugar de vivir desde su propia identidad y expresar sus necesidades básicas y legítimas, caminan por el mundo “anhelando ser deseado” y han quedado atrapados en una “esclavitud bien vestida”. “La sociedad – continúa-, es bombardeada todos los días con miles de mensajes que no hacen sino reforzar la idea errónea pero ‘normal’ de lo que son las relaciones entre un hombre y una mujer. Digo errónea porque sólo refleja el aspecto o experiencia disfuncional de las relaciones y se refuerza, una y otra vez, el estilo que, precisamente, jamás deberían tener las relaciones. Quizás por ello las relaciones sentimentales o románticas entre hombres y mujeres son tan difíciles: porque se sigue el mapa equivocado y así es imposible llegar a donde queremos llegar. Toda la cultura (películas, libros, canciones, programas de tv) se empeñan en hacer creer a la gente que el amor de verdad es ese que te deja destrozada la vida cuando él o ella desaparece. Se nos inyecta en el inconsciente esa mentira socialmente normalizada que nos refuerza la idea de que el amor es igual a celos, sufrimiento, mentiras, deseo permanente, frenesí inagotable y un falso ‘fueron felices y comieron perdices’ sin tener que trabajar y cuidar, en definitiva, alimentar y procurar la supervivencia de la relación”.
El varón metroemocional tiene su contrapartida femenina para poder existir. Desde una concepción sistémica, para que haya un cambio de una de las partes tiene que cambiar también la otra. Este tipo de hombre se respeta a sí mismo, respeta a las mujeres y desea recorrer de la mano de alguna de ellas que le resulta afín, un camino de crecimiento, de un mayor darse cuenta, de una vida placentera y con amor, en el sentido más puro del término; amor en cuanto respeto, conocimiento, responsabilidad, compromiso, placer, cuidado.
Guillermo
Vilaseca, Lic. en Psicología, especializado en trabajo terapéutico con varones y director del sitio Varones.com.ar comenta, con respecto a este perfil: “esta autora en realidad, habla de cualquier personaje, sea masculino o femenino que tiende a un equilibrio emocional muy particular. En nuestra realidad actual, como perfil, es una aproximación a la emocionalidad más propia de un monje tibetano. Se trata de alguien que asume la responsabilidad por lo que le pasa, toma el timón de su propia vida. Para lograr este estadio, es necesario un trabajo importante de autoconocimiento, de autoconciencia. Se requiere evitar caer en la asignación de culpas. En esta sociedad observamos que hay una tendencia a asumir ‘la culpa es del otro’. Este desarrollo propuesto sería el paradigma de la salud mental. Hace pensar en la idea de la armonía, de sustraerse de los modelos de la cultura”.
El
camino de descubrimiento de la identidad masculina pasa en realidad, sostiene Forner, por la integración de las energías femeninas y masculinas, es decir de todas las posibilidades y potencialidades que tenemos los seres humanos, sin temor de perder la esencia de la propia sexualidad. El hecho de que los varones puedan conectarse con sus sentimientos sin poner corazas, la opción de que las mujeres puedan asumir su capacidad de emprender e iniciar y que ambos tengan el permiso de expresar con honestidad deseos, miedos, alegrías y necesidades para establecer un vínculo no despoja a cada uno de su esencia.
Para que pueda existir un varón metroemocional, honesto, integrado, independiente e interdependiente, respetuoso, debe producirse un cambio profundo también en la construcción de la femineidad. Una nueva mujer centrada, dispuesta a compartir su completud y no relacionarse desde la carencia, una mujer dispuesta a vivir su vida y a disfrutarla en compañía de otro, pero sin “necesitarlo”.
Vilaseca reflexiona: “Ya en la escuela primaria los chicos y chicas presentan características masculinas y femeninas, que son distintas a las de las generaciones anteriores. Desde la infancia ya surge la diferencia ‘ellas y nosotros’ y esto forma parte de la necesidad de aceptar la diferencia: somos diferentes y esta conciencia hay que construirla. Los planteos extremadamente igualitarios, a mi juicio, ignoran las diferencias. Los cuerpos humanos son distintos. Justamente, una de las cosas más divertidas de las relaciones pasa por la diferencia”.
En cada época, las diferencias son distintas, tienen varias connotaciones, hay cosas típicas de hombres y de mujeres según la cultura imperante. “Hace 2 generaciones, por ejemplo, la mujer caminaba siempre atrás del marido. Actualmente hay mujeres que tienen más poder económico que su pareja. Lo importante es ver cómo se sienten los dos. Hace poco me consultó una pareja de profesionales, -cuenta el psicólogo-. A la mujer le habían aumentado el sueldo y finalmente iban a poder hacer ese viaje que tanto habían anhelado. Pero desde el día que se enteraron se la pasaron discutiendo. No pudieron manejarlo, porque entraron en una zona de incertidumbre. Los modelos armados incomodan”.
Los modelos van cambiando de generación en generación. Los chicos y chicas hoy se relacionan de manera distinta que sus padres y sus abuelos. Hay un paradigma de cambio en cada generación, es un proceso general de transformación. “Antes la mujer era prácticamente un objeto, en una época los hombres eran esclavos – dice Vilaseca-. Vamos pasando a una situación donde se nos considera personas, seres humanos. Es un proceso de evolución. Hombres y mujeres pueden hacer cualquier cosa, cada uno con su estilo propio. Sin embargo, continúa el terapeuta, hay un punto que nos lleva a estas diferencias primarias: la maternidad, más allá de la genética. Este cimbronazo es grande. Los hombres ahora pueden asumirse también como embarazados, compartir la experiencia con sus parejas, pero quien lleva al bebé en el cuerpo y lo pare es la mujer y al varón le pasan cosas con eso”. El psicólogo comenta que sin embargo, no todas las opciones de conductas y actitudes son válidas para todos: “Mi estrategia es siempre considerar: desplegar alternativas, sopesar los pro y los contra, tomar las decisiones para esa pareja en particular. Evitar los clichés, que pueden servirle a unos pero no a todos”.
Forner, explica que dado el nivel de evolución que se requiere para ser “metroemocional”, un hombre de estas características (así como también una mujer similar) es como un diamante entre un millón de piedras. Es necesario convertirse en joyero para encontrarla. En la tierra hay muchos diamantes en bruto, pero se requiere un minucioso trabajo de pulitura para sacarles brillo y que se conviertan en brillantes.
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La empatía como herramienta de crecimiento
Vilaseca comenta que, además del autoconocimiento, hay una estrategia importante para alcanzar estos niveles de madurez emocional: la empatía, poder ponerse en el lugar del otro, para tener idea de lo que le pasa, para entenderlo.
“En los grupos con varones, observé que se producían dos mecanismos convencionales-cuenta-. Cuando uno de los participantes comentaba algo íntimo, relacionado con sus sentimientos, que se salía de lo socialmente convencional, los demás se sorprendían y sucedía una de dos cosas:
1. En el caso más amable, le daban consejos. El mensaje subliminal era ‘nosotros sabemos cómo solucionarlo’. Es un mecanismo que sirve para tomar distancia del problema, permite salirse de la resonancia interna de la situación, de la posibilidad de que me toque de alguna forma.
2. Hacían leña del árbol caído: se burlaban, despreciaban la situación. Esto también sirve para tomar distancia emocional, para evitar conectarse con sus propias emociones.
Mi estrategia para trabajar esta situaciones es neutralizar estos dos posibles mecanismos, producir diálogo y resonancia, generar un clima de seguridad: ni paternalismo ni burla. Uso mucho el juego de roles con la situación que traen. Se rotan los roles y a cada uno le permite darse cuenta de con qué se conecta. Todos pueden pasar por la experiencia de quien sea, es posible verlo desde afuera y también transitarlo desde todos las posiciones. Así se empieza a ejercitar la empatía”.
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