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Conocimiento sexual y género

El conocimiento sexual que una persona tiene con respecto a sí misma y con respecto a otras personas tanto de su mismo género como del otro se va construyendo a partir de una serie de conceptos e ideas que provienen fundamentalmente del contexto social y del proceso de socialización. Las culturas van trasmitiendo a sus miembros determinados conocimientos sobre los distintos aspectos que la conforman, con la finalidad de reproducirse social y culturalmente. Esto quiere decir, de ir repitiendo generación tras generación los comportamientos y lineamientos que la convierten, como tal, en dicha cultura.

El conocimiento sexual desde la perspectiva de género tiene implicaciones que hacen que las personas perciban las actitudes, comportamientos, características respondiendo a lo que la sociedad en la que viven condiciona y ha transmitido como válidas. Dentro de estos parámetros las personas consideran la conducta sexual como masculina o femenina. Sin embargo, está tan arraigada la conciencia de lo que en la sociedad se considera “normal” para uno u otro sexo, que parece estar, en la concepción de las personas, firmemente condicionada a las características biológicas. Incluso hay quienes consideran que “genéticamente” se transmiten los valores y comportamientos propios de varones o de mujeres, independientemente del contexto social.

El conocimiento como conjunto de ideas que proviene de una construcción basada en aquello que nos interesa y nos toca de alguna forma y que se compone de elementos que provienen en primer lugar de las ideas previas que se van juntando en nuestra percepción tanto consciente como inconsciente del mundo. En segundo lugar, el conocimiento se va transformando y evolucionando a medida que vamos agregando nuevos conceptos que modifican los anteriores.

El concepto de conocimiento sexual está indisolublemente unido a la conceptualización de género, tomada ésta como el conjunto de actitudes, comportamientos, características relacionales y roles asignados por cada sociedad a hombres y mujeres.

El conocimiento implica una serie de ideas y creencias arraigadas, con respecto a aquello que consideramos como cierto. Y en relación con la sexualidad, tanto en términos de la forma en que cada persona la experimenta como en cuanto a las actitudes que esperamos que los otros (o nosotros mismos) tengan, el concepto depende muy fuertemente de aspectos proporcionados por la cultura en sus distintas manifestaciones.

El proceso de socialización consiste en todas las formas en que las sociedades establecen los límites y fronteras dentro de los cuales los individuos pueden moverse y actuar para ser aceptados y considerados miembros. La aproximación a la sexualidad es uno de los ámbitos en los cuales los distintos entes socializadores ejercen mayor influencia.

Se establecen las normas que los miembros de una sociedad deben seguir y que no deben traspasar si no quieren ser excluidos de alguna manera. Y estas mismas normas son las que determinan los cánones que delimitan el concepto de sexualidad con todos sus componentes y derivados. Si en una sociedad determinada, por ejemplo, la norma es que las mujeres deben esperar que los hombres tomen la iniciativa para iniciar una relación de tipo sexual o amorosa, los miembros de esa sociedad considerarán esa realidad como parte de su conocimiento sexual. Lo interesante es que este comportamiento no es inherente al hecho biológico de ser hombre o mujer, sino que está asociado al concepto de género, o “lo que se espera que una mujer o un hombre haga para ser considerado ‘correcto’ o ‘normal’”.

Si a las niñas se les enseña desde pequeñas que una mujer no debe disfrutar de su sexualidad porque en dicho caso estaría fuera de la norma (“serás considerada una ‘cualquiera’”) es muy probable que el conocimiento de esta persona con respecto a su propia sexualidad (y la de otras mujeres también) tenga sus anclas en esta aseveración que recibió como parte de su socialización. Es decir, el hecho de ser mujer no implica inherentemente desde ningún punto de vista la posibilidad o imposibilidad de disfrutar plenamente de la sexualidad. Esta realidad es algo que se aprende y se relaciona con el concepto de género. Por ello es tan importante concebir los programas de educación sexual orientados hacia la libertad y la plenitud.

Lo mismo ocurre con los hombres y su conocimiento sexual. En nuestra sociedad occidental, sobre todo en los países de América Latina, se enseña (desde el hogar, la escuela, la industria cultural en general) que son los hombres quienes deben tomar las iniciativas y que como la sexualidad masculina es (aparentemente) menos complicada (por la localización fundamentalmente externa de sus órganos principales) que la femenina, los varones deben ser sexualmente activos de forma constante. Ello quiere decir que si se les presenta la oportunidad de tener relaciones sexuales o erotismo de alguna forma con una mujer (independientemente de si le gusta o no) DEBE responder activamente. Y que si no lo hace, “hay algo mal en su masculinidad”.

Pero no se toma en cuenta el hecho de que las personas tenemos el derecho (no importa si somos hombres o mujeres) de actuar de acuerdo con nuestro sentimiento más legítimo. Si a una persona (varón o mujer) no le gusta alguien no está obligado a embarcarse en una aventura sexual de cualquier tipo, porque estará quebrando su propio equilibrio, que subyace en la congruencia de sus actos, con sus sentimientos, actitudes, sensaciones y emociones.

Proponemos, por ejemplo, que el hecho de que los hombres tengan mayor facilidad que las mujeres a separar el sexo del amor (y por consiguiente una mayor disposición a tener relaciones sexuales sin necesidad de unir ambos conceptos) es el resultado de una cuestión de género. Con la existencia de los métodos anticonceptivos prácticamente se anula la racionalización de que las mujeres requieren una mayor prudencia en su aproximación a la sexualidad por el riesgo de un embarazo no deseado (y/o también de contagio de enfermedades de transmisión sexual). Y que los varones no corren ese riesgo. La atribución a estas razones provenientes de mensajes de socialización sobre la posibilidad o no, de la mayor necesidad o no, de disfrute o contacto sexual comienza a ser objeto de reflexión crítica en términos del análisis, desde la perspectiva de género, de las relaciones entre las personas.

Inclusive el conocimiento del propio cuerpo y del funcionamiento sexual está en muchas circunstancias sesgado por lo que los niños o las niñas “deberían o no” saber según las normas socializantes que persiguen el mantenimiento del status quo, con el consiguiente androcentrismo que las ha caracterizado desde hace siglos. La información es poder. Por lo que (cada vez menos, pero aún persiste esta situación en alguna medida) es permisible que los hombres tengan información y conocimientos, pero ello no es deseable para las mujeres.

Pensemos por ejemplo en la transmisión de los conocimientos sobre el propio cuerpo y luego sobre las relaciones sexuales, ya sea considerando el autoerotismo o las relaciones con otra persona. Los muchachos suelen recibir de sus padres información que los preparan (en mayor o menor medida) para el ejercicio de la sexualidad.

Se considera “normal” que un varón se masturbe; aún hay casos en los que los padres llevan a sus hijos varones a prostíbulos a iniciar su vida sexual; quienes normalmente están en contacto con material de alto contenido erótico (el hecho de que sea de buena o mala calidad es tema de otra reflexión) a través de películas, libros o alguna otra manifestación de tipo cultural también son los varones. Parece estar socialmente asociado a la masculinidad el “permiso” para ejercer la sexualidad y disfrutarla y en cambio esta libertad suele estar vedada a las mujeres. Quienes lo ejercen (aún) son consideradas “excluibles” de la sociedad digna de ser respetada.

Es menos habitual que las madres enseñen a sus hijas lo que les ocurre durante la pubertad, qué es la menstruación y todos los cambios que ocurren en su cuerpo y menos aún explicarles que la sexualidad es una inmensa fuente de placer y cómo prepararse para ejercerla con plenitud y responsabilidad.

Entonces, desde la perspectiva del género se construyen conocimientos sexuales muy dispares entre varones y mujeres, lo cual no sería dañino si sólo fueran distintos, sino que resulta poco equilibrado porque siguen siendo los varones quienes reciben la mayor parte de la información y por ende son quienes tienen el mayor poder, en desmedro de las mujeres y sus legítimo derecho a Ser.

Esta arbitraria atribución del poder a los hombres desde la mayor parte de las fuentes de socialización (desde la Biblia hasta películas contemporáneas pasando por series de televisión, libros de cuentos infantiles o novelas para adultos, la familia y la escuela) ha sido resultado de una concepción androcéntrica de la sociedad occidental contemporánea, en la cual la visión del hombre es la medida de todas las cosas y realidades.

El hecho de que las ciencias sociales estudian al ser humano y que las personas resulten ser tanto objeto como sujeto de los análisis y reflexiones dificulta muchas veces la objetividad (por otro lado prácticamente imposible en cualquier tarea emprendida por seres humanos, en tanto todos atribuimos nuestro matiz a las cosas que vemos) en las conclusiones. Incluso los investigadores sociales, los maestros, y cualquier otro profesional que en cuyo trabajo esté en contacto directo con la realidad humana tiene su propia visión de la vida y con mayor o menor conciencia la aplica a su actividad cotidiana; hasta en las conclusiones de sus estudios y en las propuestas concretas de acción.

Todo esto conduce al uso posible de un cliché que, aunque muy trillado, puede describir esta realidad: todo depende del cristal mediante el que se mire. Y éste afecta el resultado de las observaciones, de las propuestas, de los análisis e incluso de las acciones.

Por ello, cuando se trata de transmitir (o articular) conocimientos relacionados con la sexualidad, utilizando como plataforma el punto de vista de género, los profesionales de las ciencias sociales debemos hacer un especial esfuerzo en concientizar nuestra propia visión, actitudes y comportamientos con respecto a la sexualidad para que ellos no resulten una barrera a la libertad de conciencia de las personas con quienes estamos trabajando. Nuestra propia visión de género, si no estamos muy conscientes de ella, puede llegar a empañar la transparencia con la que transmitimos nuestros propios conocimientos y contribuimos a la construcción de nuevos cuerpos de conocimientos en otras personas.

 

Referencias bibliográficas

 

    • Guerra Pérez, Ma. Isabel: La construcción del conocimiento sexual y el género. Texto contenido en el Master de Educación Sexual, Nivel I, Univ. de la Laguna, Tenerife, 1999.

    • Pescador, Erik: Sexualidad grupal. Educación sexual desde el grupo afectivo. Texto contenido en el Master de Educación Sexual, Nivel I, Univ. de la Laguna, Tenerife, 1999.

    • Porlán, Rafael: Educación y constructivismo. El conocimiento personal de los alumnos como referente continuo del conocimiento escolar, Texto contenido en el Master de Educación Sexual, Nivel I, Univ. de la Laguna, Tenerife, 1999.

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