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Anatomía y fisiología sexual

La función sexual completa tiene su origen y desarrollo en la actividad cerebral. En las especies mamíferas, los centros cerebrales que controlan la sexualidad están relacionados con dos funciones básicas. En primer lugar, encontramos el instinto de conservación individual (huida del dolor y aproximación al placer) y en segundo lugar, la reproducción como instinto de conservación de la especie. En el cerebro, el sistema reptil es el encargado de controlar los impulsos e instintos. La red neuronal y los circuitos que unen los centros instintuales, localizados en esta parte del cerebro, así como también en el hipotálamo y otros sectores del sistema límbico, controlan los instintos básicos de conservación como el hambre, el sueño, la sed, la huida del peligro y la reproducción de la especie. En todos los casos, se trata de instintos de conservación: en algunos, de la especie; en otros, individual. En los seres humanos, como integrantes de la especie animal, existe la tendencia hacia la búsqueda del placer y la huida del dolor.

La mayor parte de los estudios sobre el tema de la relación entre la actividad cerebral y la sexualidad ha sido realizada en animales. En todos los casos, los reportes señalan que el proceso se inicia con la transmisión eléctrica en la red neuronal, que estimula el centro específico y produce el impulso (ya sea de hambre, sed, huida del dolor o de estimulación sexual).

Una de las diferencias que se encuentran entre humanos y animales se relaciona con el proceso de estimulación sexual con fines reproductivos, y su calidad de cíclico. En las hembras animales, el ciclo destinado a la reproducción tiene una duración y características específicas. Durante ese período, la hembra produce una serie de hormonas cuya emanación tiene como resultado dos situaciones: una, prepara el cuerpo para la fecundación, proceso interno durante el cual se generan los óvulos que podrán ser fecundados y el útero se prepara para albergar el embrión. En segundo lugar, se producen externamente manifestaciones de dichas hormonas, que generan en los machos una respuesta de atracción a través de las vías sensoriales (especialmente olfativa). En este período, la hembra está anatómica y fisiológicamente preparada para recibir al macho y generar la fecundación. En el caso de los animales, entonces, el proceso es fundamentalmente instintual. Además, los intercambios sexuales tienen lugar en momentos específicos del día o de la noche, que coinciden con los períodos de mayor actividad de cada especie.

En el caso de los humanos, sin embargo, intervienen otros factores, además del instinto. En primer lugar, la posibilidad de estimulación y respuesta sexual no se limita a un ciclo determinado, así como tampoco los momentos de intercurso. Por supuesto que interviene en el proceso el estímulo primariamente instintivo de los centros neuronales, que se da ante la presencia de una potencial pareja sexualmente atractiva y en el que se producen respuestas ante estímulos sensoriales (visuales, olfativos, táctiles). En una situación de estímulo sexual actúan también los otros sistemas cerebrales que no necesariamente están presentes en los animales. El sistema límbico (presente incluso en vertebrados primitivos) tiene la responsabilidad de controlar la emoción y la motivación (Kaplan). El neocórtex, por su parte, tiene influencia sobre los procesos cognitivos.

Si bien no está suficientemente claro el mecanismo (cerebral) que se produce para la activación del deseo sexual en los humanos (Kaplan, ob. cit) la anatomía del sistema sexual está bastante estudiada. En el sistema límbico se encuentran los centros del dolor y del placer. Como se mencionaba anteriormente, uno de los instintos de conservación se relaciona con la huida del dolor y la tendencia a la aproximación al placer. El instinto de huida del dolor es más fuerte que el de búsqueda de placer, porque el instinto de conservación individual tiende a ser más fuerte que el de conservación de la especie. Por lo tanto, ante dos situaciones simultáneas que producen dolor y placer respectivamente, el organismo tenderá de manera instintiva a alejarse de la fuente de dolor, antes que experimentar ambos estímulos o que acercarse a aquél que produce placer. Durante un contacto sexual, los centros del placer se ven estimulados, lo cual contribuye a explicar las sensaciones placenteas asociadas al mismo. Cuando se estimulan los centros responsables de las sensaciones sexuales en el cerebro se produce un componente químico que es recibido por receptores situados en los circuitos del placer. Cuando hay dolor, en cambio, se inhibe la sensación de placer y por lo tanto desaparece la respuesta sexual.

En algunos casos específicos (reportados tanto en humanos como en otras especies animales) existe respuesta placentera, aún ante la estimulación dolorosa de ciertos órganos sexuales (Barroso, 1980).

La anatomía y la fisiología, en conjunto, representan uno de las plataformas conceptuales a través de las cuales describir la sexualidad humana. Hay algunas características propias de la anatomía, a su vez derivadas de la carga cromosómica propia de cada cuerpo, que determinan la modalidad de respuesta ante determinados estímulos.

Aun cuando existen diferencias específicas de respuesta fisiológica ante la estimulación sexual entre hombres y mujeres, de acuerdo con sus características anatómicas, la mayoría de los autores que estudian la respuesta sexual humana coincide en señalar que las reacciones fisiológicas son muy similares.

En ambos casos, la respuesta fisiológica ante la estimulación sexual puede resumirse (de acuerdo con las investigaciones de Masters y Johnson, 1967) en cuatro etapas: excitación, meseta, orgasmo y resolución. En la fase de excitación, los órganos genitales experimentan una vasocongestión; es decir, un considerable aflujo de sangre que genera un hinchamiento del pene (en el caso del hombre) y la vulva (en el caso de la mujer) y también el aumento de tamaño de órganos como los testículos, las mamas y los de la región pélvica en general. En la mujer, además de la inflamación de los tejidos, se produce lubricación vaginal y en el hombre, la erección del pene, situaciones ambas que permitirán la penetración.

La fase de meseta, por su parte, está caracterizada por un grado mayor de excitación, en el cual se intensifica la tensión sexual y cuya duración depende de la efectividad del estímulo.

La fase de orgasmo se caracteriza por la liberación de la tensión sexual acumulada, a través de la contractura de musculatura lisa y estriada. En el varón, estas contracciones van acompañadas de la expulsión del líquido seminal y de pulsiones rítmicas de los distintos músculos perineales. Masters y Johnson (op. cit.) hablan de dos procesos consecutivos durante el orgasmo masculino: el primero, denominado la emisión (que ellos denominan la sensación de inminencia eyaculatoria), que es la preparación de los líquidos seminales a punto de ser expulsados. El segundo es la eyaculación, mediante el cual se expulsa en chorros rítmicos el semen. En la mujer, se contraen, también rítmicamente, la vagina, el útero y los músculos perineales.

La fase de resolución, que procede al orgasmo, corresponde al retorno de los órganos a un estado de no excitación, de distensión. Una diferencia entre la respuesta fisiológia entre hombres y mujeres se relaciona con la capacidad femenina de retomar la respuesta de excitación o de meseta luego del orgasmo y de volver a experimentar otro orgasmo en un corto período. Se habla, entonces, de la capacidad multiorgásmica del organismo femenino. El cuerpo masculino, en cambio, experimenta un período denominado refractario, que impide lograr nuevamente la erección hasta transcurrido cierto tiempo. En el caso de las mujeres, también puede suceder que después de un orgasmo muy intenso se produzca un período de refractariedad en el que el cuerpo necesita “reponerse” (pasar a la fase de resolución) antes de volver a la fase de excitación. Por supuesto, en todos los casos la respuesta individual varía dependiendo de cada persona.

Además, simultánea y posteriormente a las respuestas que se denominan primarias (erección –y vasocongestión– del pene, clítoris y vulva y lubricación vaginal) se producen otros cambios desde el punto de vista fisiológico y anatómico. Pueden señalarse entre ellos el aumento de la actividad cardíaca (elevación de la presión arterial) y del ritmo respiratorio, coloración (gracias a la mayor afluencia sanguínea) de los labios mayores y menores de la vulva, así como de mejillas y rostro en general, aumento del volumen de las mamas y erección de pezones y areolas (tanto en hombres como en mujeres).

Otro de los sistemas directamente involucrado en la actividad y respuesta sexual es el endocrino. La producción de hormonas define en gran medida el funcionamiento sexual. Hay hormonas producidas por el organismo de los machos que condicionan el mantenimiento de la actividad sexual. Los niveles de producción y circulación de testosterona (producida por los machos de todas las especies y las hembras de los primates y las humanas) contribuyen a garantizar su funcionamiento sexual. En machos con bajos niveles de testosterona se observa una disminución de la motivación y actividad sexual.

Los andrógenos son hormonas que también regulan la actividad sexual (sobre todo la motivación) y son producidas también por el organismo femenino (en los ovarios y las glándulas suprarrenales). Desempeñan un papel fundamental en el mantenimiento de la motivación sexual para ambos sexos (Más, 1999).

Otras hormonas son típicamente femeninas, como los estrógenos, que determinan entre otras cosas la receptividad sexual en las hembras animales, durante el período de estro o celo, situación que no se ve limitada en hembras de mamíferos superiores como algunos primates y que alcanza su mayor grado de independencia en las mujeres. Otro de los factores que determina la presencia de estrógenos se relaciona con el estado de fluidez de la vagina; es decir, la potencial producción de lubricación y la elasticidad de los tejidos, que permiten fácilmente la penetración. La elevada producción (o administración) de estrógenos puede producir disminución de los niveles de deseo sexual.

Hay otras hormonas relacionadas con la sexualidad, como la prolactina, cuya hiperproducción en los varones suele venir acompañada de una disminución y el interés sexual. En las mujeres no existen indicadores tan claros de la incidencia fisiológica de su hiperproducción, aunque se señala que puede producir  sequedad vaginal y dispareunia (dolor durante el coito) como síntomas que acompañan a la amenorrea (falta de menstruación) producida por la presencia exagerada de esta hormona.

Por último, la oxitocina (hormona producida por la hipófisis) está asociada con la estimulación de las contracciones uterinas durante el parto, así como la producción de leche para la lactancia. Se ha descrito la presencia de altos valores de esta hormona durante la actividad sexual, y es durante el orgasmo cuando se alcanzan los máximos valores. Se la asocia con la estimulación de la conducta sexual.

Existe otra serie muy importante de respuestas ante los estímulos sexuales, que pueden caracterizarse como psíquicos y somáticos en general. Algunos autores, como por ejemplo Helen S. Kaplan (1982) hablan de una respuesta sexual trifásica e incluyen en ésta un componente del que no hablan Masters y Johnson (que en realidad precede a lo estudiado por estos autores): el deseo. Kaplan dice que “el deseo sexual es un apetito o impulso producido por la activación de un sistema neural específico en el cerebro, en tanto que las fases de excitación y orgasmo afectan a los órganos genitales” (ob. cit., pág. 27).

Para comprender la compleja reacción humana ante los estímulos sexuales, entonces, es necesario tomar en cuenta no solamente la respuesta de los centros cerebrales estimuladores e inhibidores (tanto del placer como del dolor) sino también los procesos que trascienden lo biológico, anatómico y fisiológico, que se relacionan con lo emocional, psicológico, cognitivo y social.

En términos generales, cuando se habla de disfunciones sexuales, es decir, dificultades para lograr la respuesta fisiológica “normal” en cualquiera de las fases (deseo, excitación, orgasmo o resolución), puede haber varios factores que inciden en la aparición de estas dificultades. Algunos son de naturaleza física (anatómica o fisiológica). Algunas enfermedades o alteraciones en el funcionamiento fluido del organismo pueden producir problemas en la respuesta sexual. Sin embargo, estos constituyen la menor proporción de casos (Lehrman, 1979; Masters y Johnson, op.cit.; Kaplan, op.cit.).

En la mayor parte de las personas que tienen problemas de respuesta sexual satisfactoria, las causas tienen una relación más profunda y directa con alteraciones en su relación psíquica, emocional, social y cultural consigo mismos, con su pareja sexual, con miembros de su género y otro, y/o con el medio en el cual se desenvuelven.

La identidad sexual, inmersa dentro del concepto de género, se relaciona con la percepción que cada persona tiene de sí misma, con respecto a su sexualidad, su relación con otras personas y grupos, desde el punto de vista del comportamiento sexual. Aunque durante mucho tiempo se intentó negar la existencia de la sexualidad como algo más que el proceso conducente a la reproducción, en la actualidad existe la conciencia de su definición como una de las áreas de la vida que tiene la capacidad de generar a los individuos satisfacción, equilibrio, gratificación, intimidad.

El cuerpo humano está preparado para experimentar placer. Nacemos con ciertas características definidas por la distribución de cromosomas y la generación y distribución de ciertas hormonas, que determinan nuestro sexo biológico. Ya hemos visto que la biología no es el único determinante de la identidad ni de las respuestas sexuales. Y sabemos que de manera natural estamos dispuestos a responder sexualmente ante determinados estímulos. En todo caso, la decisión sobre la selección de estímulos sexualmente efectivos no depende necesariamente de la voluntad. Como seres sociales, estamos condicionados por el aprendizaje: de creencias, de valores éticos, de respuesta emocional ante determinados estímulos. El cuerpo, anatómica y fisiológicamente, tiene las herramientas que nos permiten el equilibrio (desde todos los puntos de vista: físico, emocional, psíquico, nervioso). Afortunadamente, también tenemos las herramientas para desaprender (y re-aprender otras) aquellas situaciones (conductas, sentimientos, emociones, sensaciones) que nos afectan negativamente, con el fin de recuperar la fluidez que nos corresponde en virtud de nuestro proceso natural de vida.

En todo caso, la determinación biológica de la sexualidad de ninguna manera representa una determinación social y cultural. No existen conductas ni reacciones biológicamente condicionadas. La adopción de los comportamientos relacionados con la identidad sexual viene dada por la socialización. Los patrones de conducta agresivos no son propios de la masculinidad, así como tampoco la pasividad está determinada por el ser femenina. Las conductas en los seres humanos son aprendidas. Dependen de los procesos de aculturación, imitación y aceptación o rechazo sociales, que se producen tanto a nivel micro, dentro de las familias, como a niveles cada vez más amplios en las escuelas, los centros comunitarios y a nivel macro a través de los mensajes transmitidos, por ejemplo, por los medios masivos de informaciòn.

Partimos del criterio holista de la concepción del ser humano, que considera al mismo como un ente integral, sistémico, constituido por distintos elementos y factores y para quien la alteración de uno de los componentes del sistema representa la modificación del sistema completo. Las enfermedades (físicas o mentales), pensamos, son síntomas perceptibles de una alteración en alguna parte del sistema, que no está aislada. Las enfermedades no surgen “de la nada”, porque sí. Son manifestaciones de desequilibrios de muchos y distintos niveles. Lo mismo ocurre con las disfunciones sexuales. Y no pueden ser tratadas de manera aislada, sin considerar que la persona es un ser biológico, psicológico, familiar, social, espiritual y que todas estas dimensiones están interrelacionadas. Nada hacemos tratando una parte sola del sistema, sin considerar el resto, porque la causa del desequilibrio seguirá estando, aunque no la queramos ver.

Usemos los conocimientos que tenemos de la sexualidad humana desde la perspectiva anatómica y fisiológica para comprender mejor a las personas, para contribuir al restablecimiento del equilibrio, la felicidad y el placer al que todos tenemos derecho.  

Referencias bibliográficas

Barroso Ribal, José: Las bases psicobiológicas de la sexualidad humana, tomado de la Memoria de Licenciatura de José Barroso Ribal, titulada: “Conductas y actitudes sexuales de los estudiantes de Profesorado de E.G.B en Canarias”, Univ. de la Laguna. (Texto contenido en el Master de Educación Sexual, Nivel I, Univ. de la Laguna, Tenerife, 1999).

Kaplan, Helen S.: Trastornos del deseo sexual. Nuevas ideas y técnicas en terapia sexual. (Colección Relaciones humanas y sexología.) Ed. Grijalbo, Barcelona, 1982.

Lehrman, Nat: Las técnicas sexuales de Mastery & Johnson. Hacia una sexualidad sin problemas. 3ra edición. Ed. Gedisa, Barcelona, 1979.

Más, Manuel: La investigación sexual biomédica. Texto contenido en el Master de Educación Sexual, Nivel I, Univ. de la Laguna, Tenerife, 1999.

Masters, William H. y Johnson, Virginia E.: Respuesta sexual humana, Intermédica Editorial, Buenos Aires, 1967.

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